Hoy conocí la Lima gris, como algunos le dicen. Definitivamente no recordaba un cielo tan gris, cerrado por la neblina y con una llovizna cayendo en pleno día, y yo caminando con una chaqueta que no evitó que mis dedos y mis dientes titiritaran por el frío. Pero Lima, aún bajo este inmenso e intenso frío, es bonita, y lo sería más si no fuera por los taxistas.
Caso 1:- ¿Dónde dijo que iba. Al museo de la Nación?
Sí, al museo de la Nación
- A Aviación...
No, de la Nación
- Pero ahí no hay paso, todo está cerrado
Sí, lo sé, pero necesito ir ahí.
- Pero no hay acceso, las calles están cerradas
Sí, pero para allá voy precisamente. Usted déjeme lo más cerca posible.
- Bueno, pero ¿a qué lado?
Mire, aquí dice que por la calle El Comercio, en la parte de atrás del Museo. Llegue lo más cerca posible y ahí me deja.
- Bien, pero nos vamos a ir por...
Y no le entendí ni pío.
Me pregunté entonces si mi acento es muy peruano o qué. ¿No se nota que no soy de este país, que si me dicen avenida no sé qué, de la avenida por allá, no atino? Pero en fin, confíe en el instinto del taxista y dije: me va a tirar cerquita del museo. Primer error.
Le agradezco eso sí que me llevará por esa Lima que no se ve casi nunca, sobre todo si eres turista. Por esas calles retorcidas, polvorientas, llenas de basura, perros flacuchentos, ventas por doquier, talleres grasientos y paredes pintadas y repletas de papeles.
A lo lejos observé algo así como el Machu Pichu urbano. Un cerro repleto de pequeñas casas y ventanas, con una hilera de gradas semiescondidas entre los pedazos de vivienda aparecio en el camino. Pensé que podía ser una especie de camino al cielo, para buscar una mano y aferrarse a ella ante el olor de esa pobreza. Era una escalinata a la cúspide de una pirámide; solo que aquí no hay tesoros arqueológicos. Aquí, pensé, o mejor dicho ahí, arriba de esa hilera de gradas, solo está el color y el aroma de la pobreza, de la inmundicia, del hacinamiento, y la esperanza de tener un poco más cerca el cielo.
Recuerdo haber visto un barrio similar en una novela peruana de hace muchos, pero muchos años. Pensaba en ese entonces que era exagerado ver esa escalinata escapando del humo y la basura de las calles. Me decía que nadie podía subir todos los días esa hilera. Pero en Lima sí los hay.
Después pasamos por un mercado de verduras, y me supo a una Lima pobre, pero cálida, real, humana. Me hubiera gustado bajarme y caminar entre los sacos repletos de cebollas, de palta (aguacate) y de caña de azúcar que rodearon el taxi por unos instantes, pero no. Claro, el trabajo, el trabajo. Lamente no temer mi cámara a la mano.
El encanto y la tristeza de una Lima así se rompió cuando, justo enmedio de una parada de buses, escuche la voz melodiosa del taxista que me decía, a secas y pedantemente, que me tenía que bajar ahí, y rápido. Que no podía llevarme más lejos.
¿Y el museo?, le pregunto, entre incrédula y molesta.
- Ahí está a una cuadra, camine hacia abajo y listo.
Agarré cartera y laptop y comencé a caminar. ¿Una cuadra? Jajaja, me tocó caminar cinco largas cuadras bajo la lluvia, y enterarme de que la calle que daba acceso al Centro de Medios quedaba justo al otro lado, en una calle a la que el taxista tenía acceso.
Por suerte, al menos en el centro del museo, donde estábamos enclaustrados, un buen espresso o un buen americano se podía disfrutar a cada momento.
Caso 2:Salgo del museo y me alisto a tomar un taxi, pero como las calles están cerradas y tengo que cruzar todo el periférico y la avenida Prado, para pedir un taxi al otro lado de la calle. Lo logro y en menos de un minuto, un taxi negro se asoma. Me subo y le digo: "A Miraflores por favor"
- ¿A Miraflores?, me repregunta el taxista cuando me subo, e inmediatamente le digo la zona a donde me tiene que llevar:
Sí, a la avenida San Martín, 511
- Pero eso está al otro lado y yo voy para Santa Anita
¿Y no puede cruzar?
- Pero le tengo que cobrar un recargo.
¿De cuánto?
- 12 soles, usted perdone.
No importa, solo necesito llegar así que dele, le digo y me recuesto en el asiento trasero.
El taxi comienza a caminar y a las dos cuadras se detiene:
- Mire, adelante puede buscar a alguien que la lleve
¿Cómo?, me digo a mi misma, más que responderle a él.
- Sí, es que a las 9 tengo que entregar al carro y eso me queda lejos, y yo voy para el otro lado de la ciudad, así que aquí se puede bajar que caminando llega más rápido.
Pensé realmente que me estaba tomando el pelo, pero no, el hombre me dijo nuevamente: aquí, aproveche, que caminando llega más rápido, ahí, a la otra calle, por ese edificio. Ahí de seguro que encuentra un taxi que la lleve.
Me bajo y le digo: No se preocupe, pero por dentro estoy que me llevan los mil demonios. Camino y hay un tráfico de esos de dolor de cabeza. Pitos por doquier sonando, y a medida avanzo pienso en que si ese fuera taxista en mi país se las hubiera ingeniado para llevarme a donde necesitaba ir; y si le tenía que pagar más, simplemente me hubiera dado la tarifa. A un taxista salvadoreño no le hubiera importado tener que guardar un poco más tarde el taxi porque era dinero que ganar, y si una calle estaba cerrada se las hubiera ingeniado para encontrar atajos y colocarme, si era posible, en la puerta del museo.
¡¡¡¡Como amo a los taxistas de mi país!!!! Se pueden todas las direcciones, y no te dicen que no ni te bajan donde no has pedido que te bajen.
Camino y por fin tomo un nuevo taxi. Ahora es gris, y cuándo me dice el precio, me pregunto si en Lima se paga según el color del taxi. En la mañana uno blanco me cobró 30 soles, un amarillo después 18 soles...El que me dejó tirada a media calle me pidió 12 soles y este me dijo que 8. Entonces los grises son los más baratos, concluyo.
Asiento con la cabeza, entro al carro e inicia el recorrido.
Caso 3:- Uyy, pero si aquí está todo cerrado
"No, no puede ser, no otra vez", me digo para mis adentros y casi comienzo a perder el control.
- No deberían cerrar el acceso al periférico.Tendré que darle una vuelta, responde el taxista mientras desliza el carro y masculla entre dientes, y vuelve a preguntarme si la avenida San Martín queda cerca de...
No entiendo y vuelvo a repetirme: ¿Me veo como peruana, tengo acento peruano? ¿Qué diablos sé de que calle está a la par de la avenida San Martín? Y no respondo más que con monosílabos y le digo que no sé, y sigue.
Después de varias vueltas y algunas cuantas preguntas, veo que vamos ya camino a mi casa temporal en Lima, el hotelito donde estoy y me siento tranquila. Marco a mi hija preciosa y me cuenta que tuvo un mal sueño y se asustó en plena madrugada, y yo aquí, a kilómetros, peleando con taxistas y funcionarios. Me alegra oírla y me tranquiliza. Pido llegar pronto al hotel para descansar y conectarme para hablar con ella con más calma.
Llego a mi hotelito, me conecto y no tengo suerte porque el teclado de la compu de la casa no funciona, así que hablo rápidamente por teléfono con mi hija, le doy la bendición y decido ir por el sushi que está frente a mi hotelito. Tercer error!!!!
Voy con la billetera, celular y libro en mano para que nadie me moleste o se atreva a preguntarme algo al verme sentada en una mesa, comiendo sola. Me incómodan esos tipos que se acercan solo porque te ven sola y creen, pues no sé, cualquier cosa. Para espantar los libros son lo mejor.
Cruzo la calle, pido el menú y selecciono: un sashimi de salmón, un rollo de aguacate y atún y una cerveza, y me deleito pensando en lo bien que comeré por fin después de un día de entrevistas con el canciller.
Llega el mesero con un sashimi muy grueso y con una salsa dulce, y para colmo se atreve a quitarme de la mesa la salsa de soya. En fin, ya vienen los rollos, me digo.
Llega el maki: un rollo de palta con prosciutto; pero con una salsa de blue cheese con ese sabor ahumado y dulzón...Guacalá...No puedo creerlo.
Pido la salsa de soya para al menos sentir un sabor que me sepa a japonés, pero no es posible eliminar ese sabor ahumado dulzón del rollito de sushi. ¿Quién diablos les ha dicho a los peruanos que el blue cheese sabe bien con pescado crudo?
Al menos pediré un café y un tempura, pienso. No hay café; el tempura que selecciono es de frutas tropicales, y el primer trozo de fruta que pruebo es el melocotón...¿Melocotón es fruta tropical ? No me suena, y además está muy dulce, como que era un melocotón en almíbar.
Pruebo el segundo pedazo de tempura y compruebo mi triste realidad: el melocotón y la piña estaban preparadas en almíbar.
Todo aquello rebalsaba de dulce y sin café. Era demasiado y pensé que o no vuelvo, o mejor selecciono lo más tradicional de ese Sushi Lounge: el ceviche peruano.
Al menos sentada en el sushi, en una mesita justo frente a la calle de mi hotel disfruto de la noche, de la gente caminando y observo la casita que es mi hotel. Balcones coloniales, sobresale el menta de las paredes, y contrasta, como si fuera una casita del bosque de un cuento, con los colores que tiene cada nivel del hotelito, y con las jardíneras colgantes.
El ventanal de mi cuarto está en el tercer nivel, y me gusta lo que veo. Este hotel no tendrá lujos, pero tiene personalidad y eso me encanta. Tiene personalidad por dentro y por fuera, y si tuviera a mi hija conmigo sería perfecto. Podría irme por el café que me hace falta caminando por este distrito mientras hablo con ella, y volver para darle la bendición, y arroparla muy bien, porque eso sí, Lima sigue siendo fría.