Una nueva aventura se inicia, y sé que poco a poco podremos armar una revolución. Los invito a ser parte de ella y a que decidan como podemos salvarnos, y no hablo de una salvación que implique no pecar, porque como dice el buen amigo Goethe "los pecados escriben la historia, el bien es silencioso". Y aquí no hay espacio para el silencio, sino más bien para los pecados, pecadillos o errores. De la vida, del amor, del periodismo y por qué
no, los propios, esos que se guardan en sarcófagos antiguos. Hay que abrirlos!

viernes, 21 de octubre de 2011

No me gusta la humanidad actual

"Prefiero que me guste la gente a amar la humanidad "
No tengo mejor frase para empezar esto que las del poema "Posibilidades" de la polaca Wislawa Szymborska,  porque hoy siento que la humanidad me debe eso: humanidad.


El Salvador estuvo bajo un diluvio, literalmente, por más de 10 días. En esos días la palabra "solidaridad" rebalsó de la boca de políticos, empresarios, periodistas y ciudadanos. En boca de todos. En las redes, en las televisoras, en los periódicos, en la calle. Hoy llevamos el segundo día sin lluvias y con sol, pero ahora  la palabra "solidaridad" parece haberse esfumado con la lluvia. Ya no se menciona como antes, ya no se tuitea como antes, ni se escribe ni se reportea. Pasada la tormenta ya no parece dar tantas posibilidades de votos a todos aquellos políticos que hicieron de esta tragedia un trampolín para 2012.

Hoy la cantidad de ayuda y de manos solidarias en los albergues ha caído, pero hay más de 50,000 evacuados, muchos de los cuales, ante la falta de comida y abrigo, han preferido regresar a sus casas a esperar a que baje el agua a y a rescatar el pedazo de milpa, si es que tienen suerte. Si es que Dios les sonríe con algo más que un arcoiris y un sol tibio, que ayuda, pero no alimenta.

¿Cuánto cuesta una libra de arroz, una de frijol, una de azúcar? Conozco a tanta gente que de una sentada se consume $10, $20, $30 o hasta $100 en una comida, o en una borrachera; pero que ahora no tenían ni un dólar para ayudar. La disculpa más barata es la falta de tiempo, es que en otra ocasión lo harán. Triste.
Y concluyo nuevamente que los salvadoreños tenemos poca memoria. La hemos tenido siempre. Olvidamos rápido y por eso perdemos más. Perdemos institucionalidad, perdemos humanidad, perdemos solidaridad. El hambre y la pobreza carcomen a cualquier sociedad, y nosotros estamos dejando que el hambre de humanidad carcoma la nuestra.

Y lejos de El Salvador, otro suceso me ha hecho reflexionar.
No, no me genera ninguna duda que Moamar Gadafi era un tirano, uno de esos locos excéntricos que cuando prueban las mieles del poder se vuelven agrios, injustos, insanos, inhumanos. Y no tengo ninguna duda sobre la necesidad que tenía su pueblo de que él y su familia dejaran el poder. Pero una cosa es derrocar a un tirano, y otra asesinarlo.

Aunque soy periodista, nunca he sido asidua de las fotos y videos sangrientos, pero vi a Gadafi y solo quise llorar. Sentí pena, lástima, dolor, frustración. ¿Eso fue justicia? No, no, y mil veces no. ¿Eso puede llamarse paz? No, no, y mil veces no. Nos volvimos tan inhumanos como lo fue él, o quizás más. Y decenas de líderes que un día lo adularon o lo agasajaron con banquetes y ceremonias oficiales, ayer festejaban su muerte. No, no festejaban su muerte, festejaban su asesinato! Pero no son los únicos. Muchos hemos festejado los muertos de nuestra guerra y aún así nos decimos gente.

La sangre de un cuerpo no se borra con la sangre de otro, y esa es otra lección que aún no hemos aprendido.

Y la verdad no quiero que mi hija crezca creyendo que así se hace justicia. Que así se logra la paz o la libertad que muchos ansiamos. No quiero verla crecer pensando en que la mejor ley es "ojo por ojo" y "diente por diente", y que si un marero mata o decapita, pues merece el mismo final. Quiero crezca creyendo que sí existe compasión, solidaridad, pero sobre todo humanidad! Esa que tanta falta nos hace.

martes, 3 de agosto de 2010

Una tarde cualquiera



Se sentó en su cama, frente a la ventana. La lluvia definitivamente lava, y puede lavar hasta el alma. Café y cigarro en mano -porque no ha podido evitar volver al vicio, aunque espera que sea temporal- le han ayudado a aliviar esa presión en el pecho que lleva desde la madrugada. Algo la inquieta, y no sabe qué es. Pero ahora quiere disfrutar el momento, la tarde, el silencio, aunque eso le implique escuchar sus propios pensamientos, esos que revolotean como las mariposas que tanto admira.


¡Las mariposas! Así quisiera volar, pero tiene que tener los pies en la tierra porque ahora es tiempo de vivir y amar. Esa es toda su conclusión. Quiere vivir, quiere amar, disfrutar la familia, vivir en paz, no las 24 horas del día, pero sí un poco todos los días; un segundo, un minuto, una hora. Vivir con esperanza, con alegría y con seguridad. Nadie es feliz todo el tiempo pero podemos ser felices algunos minutos de cada día. Lo triste sería que no haya ni un día con un minuto de felicidad.

¿Cómo se es feliz? La respuesta no es tan difícil , aunque parezca que sí. Simplemente disfrutando de los seres que nos aman, nos respetan, nos confian, nos cuidan y que no nos lastiman. Lo demás solo haría de esa felicidad algo momentáneo, algo pasajero...como la lluvizna de esta tarde. En eso está pensando. En la felicidad para espantar las pesadillas que no la dejaron dormir y la despertaron asustada y con el llanto en los ojos.

Los amigos también ayudan a construir esa felicidad, y ella se sabe con muchos amigos. De esos a los que basta llamarles una vez para que acudan en su auxilio. Esos que están dispuestos a compartir tiempo, ya sea en silencio, oyendo, regañando, consolando o riendo, pero que saben estar ahí. Que no tienen dobleces ni temor de decir lo que verdaderamente piensan y sienten, aunque a veces las verdades sean duras. Sí, tiene muchos amigos y amigas así. De esos a los que solo les llama y les dice "necesito hablar" y están a su lado. De esos que desaparecen por semanas, pero cuando escriben o levantan el auricular lo primero que dicen es: "¿y tú como estás?".


Hace cuatro noches recibió una de esas llamadas. Le alivió saber que la voz al otro lado estaba pendiente de ella, de sus cosas, sus tristezas y sus alegrías; y se sintió reconfortada, como se sintió visitando a una de sus mejores amigas. No hubo mayores pláticas ni discursos ni confesiones. No había nada que decir. Solo disfrutar la compañía y todo es mejor. Un libro que ambas han leído dice por eso algo muy cierto: La amistad se basa en respeto y confianza. En la capacidad de decir lo que tienes que decir y listo, o esperar el momento. Si no hay respeto y confianza no hay lazos de amistad, solo una relación, una simple plática, un simple intercambio de ideas.

La familia también ayuda. Y el hogar. Ese lugar al que llegar y donde siempre hay alguien preguntando por tu día, por cómo estás, por si comiste, si has estado bien. Qué pregunta sí estás triste, o dormiste bien o no; alguien preocupado por hacerte reír y feliz, y compartir contigo los buenos y malos momentos sin reprocharte tanto. Ella tiene a una personita así, que la hace reír, vibrar y desear, y pedir a Dios un día mejor para mañana. Un hogar donde no haya gritos ni palabras feas, sino solo paz, esperanza, ilusión, seguridad. Al pensar en eso recordó una película donde alguien habla de un arquitecto famoso, y lo describe como el mejor para construir casas, pero no para construir hogares. Y sí, hay muchas personas que saben construir, con su vida y sus parejas, hermosas casas, pero solo son eso, casas, paredes, muebles. No son hogares, y ella, a pesar de todo, sabe que tiene un hogar. Ella es una especie de arquitecto que ha aprendido a construir hogares. A construir su hogar.

Sí, esta tarde eso quiere...Esta y todas las tardes de su vida. Sentirse libre, sentirse ella misma, sin tener que ocultar ni falsear nada, sin temor a mentiras. Sí, la vida, a veces, es tan sencilla si se escribe, pero solo si es con la verdad. Por eso ella ama su vida, ama sus fuerzas, ama sus debilidades, ama sus fortalezas, ama sus dudas, sus certezas, ama cada espacio bueno y malo que tiene alrededor, y agradece por seguir respirando después de todo.

Se acaba la tarde y deja el café y el cigarro. La hora de meditación ha finalizado, se levanta y sonríe porque va a vivir con lo que realmente quiere y en el lugar en que realmente quiere y debe estar.

lunes, 7 de junio de 2010

Odiando a los taxistas limeños y al sushi

Hoy conocí la Lima gris, como algunos le dicen. Definitivamente no recordaba un cielo tan gris, cerrado por la neblina y con una llovizna cayendo en pleno día, y yo caminando con una chaqueta que no evitó que mis dedos y mis dientes titiritaran por el frío. Pero Lima, aún bajo este inmenso e intenso frío, es bonita, y lo sería más si no fuera por los taxistas.

Caso 1:
- ¿Dónde dijo que iba. Al museo de la Nación?
Sí, al museo de la Nación
- A Aviación...
No, de la Nación
- Pero ahí no hay paso, todo está cerrado
Sí, lo sé, pero necesito ir ahí.
- Pero no hay acceso, las calles están cerradas
Sí, pero para allá voy precisamente. Usted déjeme lo más cerca posible.
- Bueno, pero ¿a qué lado?
Mire, aquí dice que por la calle El Comercio, en la parte de atrás del Museo. Llegue lo más cerca posible y ahí me deja.
- Bien, pero nos vamos a ir por...
Y no le entendí ni pío.
Me pregunté entonces si mi acento es muy peruano o qué. ¿No se nota que no soy de este país, que si me dicen avenida no sé qué, de la avenida por allá, no atino? Pero en fin, confíe en el instinto del taxista y dije: me va a tirar cerquita del museo. Primer error.

Le agradezco eso sí que me llevará por esa Lima que no se ve casi nunca, sobre todo si eres turista. Por esas calles retorcidas, polvorientas, llenas de basura, perros flacuchentos, ventas por doquier, talleres grasientos y paredes pintadas y repletas de papeles.

A lo lejos observé algo así como el Machu Pichu urbano. Un cerro repleto de pequeñas casas y ventanas, con una hilera de gradas semiescondidas entre los pedazos de vivienda aparecio en el camino. Pensé que podía ser una especie de camino al cielo, para buscar una mano y aferrarse a ella ante el olor de esa pobreza. Era una escalinata a la cúspide de una pirámide; solo que aquí no hay tesoros arqueológicos. Aquí, pensé, o mejor dicho ahí, arriba de esa hilera de gradas, solo está el color y el aroma de la pobreza, de la inmundicia, del hacinamiento, y la esperanza de tener un poco más cerca el cielo.
Recuerdo haber visto un barrio similar en una novela peruana de hace muchos, pero muchos años. Pensaba en ese entonces que era exagerado ver esa escalinata escapando del humo y la basura de las calles. Me decía que nadie podía subir todos los días esa hilera. Pero en Lima sí los hay.

Después pasamos por un mercado de verduras, y me supo a una Lima pobre, pero cálida, real, humana. Me hubiera gustado bajarme y caminar entre los sacos repletos de cebollas, de palta (aguacate) y de caña de azúcar que rodearon el taxi por unos instantes, pero no. Claro, el trabajo, el trabajo. Lamente no temer mi cámara a la mano.

El encanto y la tristeza de una Lima así se rompió cuando, justo enmedio de una parada de buses, escuche la voz melodiosa del taxista que me decía, a secas y pedantemente, que me tenía que bajar ahí, y rápido. Que no podía llevarme más lejos.

¿Y el museo?, le pregunto, entre incrédula y molesta.
- Ahí está a una cuadra, camine hacia abajo y listo.
Agarré cartera y laptop y comencé a caminar. ¿Una cuadra? Jajaja, me tocó caminar cinco largas cuadras bajo la lluvia, y enterarme de que la calle que daba acceso al Centro de Medios quedaba justo al otro lado, en una calle a la que el taxista tenía acceso.
Por suerte, al menos en el centro del museo, donde estábamos enclaustrados, un buen espresso o un buen americano se podía disfrutar a cada momento.

Caso 2:
Salgo del museo y me alisto a tomar un taxi, pero como las calles están cerradas y tengo que cruzar todo el periférico y la avenida Prado, para pedir un taxi al otro lado de la calle. Lo logro y en menos de un minuto, un taxi negro se asoma. Me subo y le digo: "A Miraflores por favor"

- ¿A Miraflores?, me repregunta el taxista cuando me subo, e inmediatamente le digo la zona a donde me tiene que llevar:
Sí, a la avenida San Martín, 511
- Pero eso está al otro lado y yo voy para Santa Anita
¿Y no puede cruzar?
- Pero le tengo que cobrar un recargo.
¿De cuánto?
- 12 soles, usted perdone.
No importa, solo necesito llegar así que dele, le digo y me recuesto en el asiento trasero.

El taxi comienza a caminar y a las dos cuadras se detiene:
- Mire, adelante puede buscar a alguien que la lleve
¿Cómo?, me digo a mi misma, más que responderle a él.
- Sí, es que a las 9 tengo que entregar al carro y eso me queda lejos, y yo voy para el otro lado de la ciudad, así que aquí se puede bajar que caminando llega más rápido.

Pensé realmente que me estaba tomando el pelo, pero no, el hombre me dijo nuevamente: aquí, aproveche, que caminando llega más rápido, ahí, a la otra calle, por ese edificio. Ahí de seguro que encuentra un taxi que la lleve.

Me bajo y le digo: No se preocupe, pero por dentro estoy que me llevan los mil demonios. Camino y hay un tráfico de esos de dolor de cabeza. Pitos por doquier sonando, y a medida avanzo pienso en que si ese fuera taxista en mi país se las hubiera ingeniado para llevarme a donde necesitaba ir; y si le tenía que pagar más, simplemente me hubiera dado la tarifa. A un taxista salvadoreño no le hubiera importado tener que guardar un poco más tarde el taxi porque era dinero que ganar, y si una calle estaba cerrada se las hubiera ingeniado para encontrar atajos y colocarme, si era posible, en la puerta del museo.
¡¡¡¡Como amo a los taxistas de mi país!!!! Se pueden todas las direcciones, y no te dicen que no ni te bajan donde no has pedido que te bajen.

Camino y por fin tomo un nuevo taxi. Ahora es gris, y cuándo me dice el precio, me pregunto si en Lima se paga según el color del taxi. En la mañana uno blanco me cobró 30 soles, un amarillo después 18 soles...El que me dejó tirada a media calle me pidió 12 soles y este me dijo que 8. Entonces los grises son los más baratos, concluyo.
Asiento con la cabeza, entro al carro e inicia el recorrido.

Caso 3:
- Uyy, pero si aquí está todo cerrado
"No, no puede ser, no otra vez", me digo para mis adentros y casi comienzo a perder el control.
- No deberían cerrar el acceso al periférico.Tendré que darle una vuelta, responde el taxista mientras desliza el carro y masculla entre dientes, y vuelve a preguntarme si la avenida San Martín queda cerca de...
No entiendo y vuelvo a repetirme: ¿Me veo como peruana, tengo acento peruano? ¿Qué diablos sé de que calle está a la par de la avenida San Martín? Y no respondo más que con monosílabos y le digo que no sé, y sigue.

Después de varias vueltas y algunas cuantas preguntas, veo que vamos ya camino a mi casa temporal en Lima, el hotelito donde estoy y me siento tranquila. Marco a mi hija preciosa y me cuenta que tuvo un mal sueño y se asustó en plena madrugada, y yo aquí, a kilómetros, peleando con taxistas y funcionarios. Me alegra oírla y me tranquiliza. Pido llegar pronto al hotel para descansar y conectarme para hablar con ella con más calma.

Llego a mi hotelito, me conecto y no tengo suerte porque el teclado de la compu de la casa no funciona, así que hablo rápidamente por teléfono con mi hija, le doy la bendición y decido ir por el sushi que está frente a mi hotelito. Tercer error!!!!

Voy con la billetera, celular y libro en mano para que nadie me moleste o se atreva a preguntarme algo al verme sentada en una mesa, comiendo sola. Me incómodan esos tipos que se acercan solo porque te ven sola y creen, pues no sé, cualquier cosa. Para espantar los libros son lo mejor.
Cruzo la calle, pido el menú y selecciono: un sashimi de salmón, un rollo de aguacate y atún y una cerveza, y me deleito pensando en lo bien que comeré por fin después de un día de entrevistas con el canciller.

Llega el mesero con un sashimi muy grueso y con una salsa dulce, y para colmo se atreve a quitarme de la mesa la salsa de soya. En fin, ya vienen los rollos, me digo.
Llega el maki: un rollo de palta con prosciutto; pero con una salsa de blue cheese con ese sabor ahumado y dulzón...Guacalá...No puedo creerlo.
Pido la salsa de soya para al menos sentir un sabor que me sepa a japonés, pero no es posible eliminar ese sabor ahumado dulzón del rollito de sushi. ¿Quién diablos les ha dicho a los peruanos que el blue cheese sabe bien con pescado crudo?

Al menos pediré un café y un tempura, pienso. No hay café; el tempura que selecciono es de frutas tropicales, y el primer trozo de fruta que pruebo es el melocotón...¿Melocotón es fruta tropical ? No me suena, y además está muy dulce, como que era un melocotón en almíbar.
Pruebo el segundo pedazo de tempura y compruebo mi triste realidad: el melocotón y la piña estaban preparadas en almíbar.

Todo aquello rebalsaba de dulce y sin café. Era demasiado y pensé que o no vuelvo, o mejor selecciono lo más tradicional de ese Sushi Lounge: el ceviche peruano.

Al menos sentada en el sushi, en una mesita justo frente a la calle de mi hotel disfruto de la noche, de la gente caminando y observo la casita que es mi hotel. Balcones coloniales, sobresale el menta de las paredes, y contrasta, como si fuera una casita del bosque de un cuento, con los colores que tiene cada nivel del hotelito, y con las jardíneras colgantes.
El ventanal de mi cuarto está en el tercer nivel, y me gusta lo que veo. Este hotel no tendrá lujos, pero tiene personalidad y eso me encanta. Tiene personalidad por dentro y por fuera, y si tuviera a mi hija conmigo sería perfecto. Podría irme por el café que me hace falta caminando por este distrito mientras hablo con ella, y volver para darle la bendición, y arroparla muy bien, porque eso sí, Lima sigue siendo fría.

domingo, 6 de junio de 2010

Open arms y Lima




Me subí al avión con un vacío en el estómago. Hacía mucho que no dejaba a mi enana sola, y no sé exactamente porque, pero hoy no me vine con la tranquilidad de otras veces. La turbulencia en el avión tampoco ayudó mucho a mis nervios maternos, y menos los vecinos de asiento. Pero una vez aterrizó el avión, me sentí tranquila.

Me divirtió la agente de migración que me tocó...Una señora vestida de verde y que cantaba algo que iba más o menos así: "Darle tiempo al tiempo... para curar las heridas y recomenzar nuestras vidas, eso debemos hacer amor, para que sanen nuestras heridas y comenzar de nuevo"....No recuerdo muy bien, pero era ese el mensaje de lo que cantaba. Tomé mi pasaporte y sonríe.

La primera vez que viene a Lima fue en 2004, y en ese entonces llevaba dos lutos conmigo. Uno por la reciente muerte de mi padre y otro, pues...era otro tipo de luto. Quizás por eso ya había olvidado que Lima te puede ayudar a aliviar un poco el alma, y Oscar --un maravilloso taxista, con rasgos muy andinos y todo un señor-- me llevó por una calle que me ayudó a aliviar y tranquilizar mi alma, aunque seguía el frío.
Ubicada a 100 msnm, Lima está lejos del clima de la zona litoral salvadoreña...y menos del clima de este fin de semana.

- ¿Cuál es la temperatura?
"18 y 19 grados"

- Uyy, pero está helado entonces...
"No, para nada, sí el invierno empieza el 15 de junio, apenas estamos terminando el otoño", cuenta Oscar mientras me promete que para evitar tráfico tomará la calle paralela al pacífico limeño. Y mientras dice eso, pienso que diría Oscar si hubiera estado este sábado en El Salvador, con ese calor insoportable. Entonces recordé, con esta temperatura, el por qué cuando visite Lima hace seis años me compré una frazada bajando de Machu Pichu...Aún la conservo y es la que me sirve de abrigo a mi o a mi hija en los días de frío o lluvia.

Pero tal como me lo prometió Oscar, fue refrescante y vivificante observar el mar a unos 18 grados centígrados, con una neblina que apenas dejaba ver el oleaje...ese ritmo que solo se dibujaba cuando la espuma se acercaba a la orilla, y sentir ese breve rocío cayendo. Hubiera querido que Oscar se detuviera y quedarme mirando por horas ese mar...ese susurro, y sentir ese salitre en la piel y en el alma, y meter los dedos en esa agua salada, y sentir, que pese a la temperatura baja, esa agua respiraba tibieza. Justo como yo la necesitaba.
Está cambiando la playa limeña...!!!

Sonreí cuando vi muchos carros aparcados en los nuevos bancos y miradores que están creando a lo largo de toda la zona del malecón por Barranco y el famoso restaurante La Rosa Naútica...Imaginé que más de algunos de sus conductores estaban disfrutando la playa en otra forma, y sonreí para mis adentros. Debe ser hermoso amarse en un paisaje así, con el susurro de las olas de fondo, y con la piel como única posibilidad para dar calor...Sí, Lima ha cambiado. O yo? No lo sé, pero estoy más despierta, y mis sentidos también, y también mi intimidad.
Por eso, a veces no lograba entender a Oscar mientras me comentaba algún detalle de su ciudad. Estaba con mi yo interno, pensando, disfrutando, extrañando, hilvanando pensamientos, verdades, deseos, sueños...

Claro, la política no faltó en la conversación. Bien dicen que los taxistas se convierten, para los periodistas, en una especie de termómetro de la realidad de su país.
- ¿Y qué tal con Alan García?
"Fatal, desde Fujimori no nos aumentan el sueldo", responde Oscar y comienza a hacer sus cuentas del salario mínimo: 550 soles, dice, algo así como $250. Un cantidad que no les alcanza.

- ¿Con Humala estuvieran mejor?
"Yo tengo que aceptar que voté por Alan, pero mire...Aunque no hubiera votado por Humala.

- ¿Por qué?
"Porque estaba como Chávez y no, ya tuvimos suficiente con los 15 años de Fujimori, así que por eso no voté por él", responde Oscar, mientras me muestra una guía turística para que pueda despabilarme en su ciudad...

Ahora estoy en la habitación, mucho, pero mucho más relajada porque ya hable con mi hija para ver cómo estaba y oírla antes de que se fuera a la cama. Y aunque esta habitación huele a húmedo, a viejo, guardado, su decoración rústica y sus muebles viejos la hacen cálida. Sé de alguien que disfrutaría viendo todas las antiguedades que adornan estas paredes.
También hay una pintura que se parece mucho a "La persistencia de la memoria" de Dalí, y otra que parece un Picasso. Tengo dos camas y solo necesito una....Dos roperos viejos, de esos de madera y tallados, y no requiere ni uno. Generalmente dejo siempre la ropa en la maleta.
Y tengo un ventanal amplio que da justo a la avenida San Martín y cruzando la calle hay Sushi Lounge. Cuando lo vi me dije: esto es tener suerte!!! Así que mañana cenaré sushi.

Lo único que no me gusta de este cuarto es que la temperatura aquí parece haber bajado a unos 15 grados. Por suerte, están las frazadas, para abrigarme esta noche.

I have to sleep...sweet dreams ;)

domingo, 30 de mayo de 2010

Mafaldeando!!!

Me encanta Mafalda. A mi hija también, pero es más divertido leerla mientras identificas en cada uno de sus personajes a algunas de tus personas cercanas o conocidos.

Ha sido relajante recordar y releer este fin de semana a este personaje. En fin, una jornada mafaldeando.

Mi facebook dice, en una de esas tantas aplicaciones que te envian, que mi personaje de Mafalda es Libertad. Jajaja...Divertida, irónica...complicada buscando lo simple...Jajaja, esta está perfecta. :)



También me gusta mucho Mafalda... de pequeña yo odiaba las sopas. Suerte que tenía a mi abuela que me consentía y no dejaba que mi madre me torturara con ellas. Jajaja, y ahora ya recobre mi sensatez, mientras otros la dejaron regada en el camino :)






Ya tengo quien es Manolito...Jajaja, el dinero...el dinero...el trabajo...Si no hay efectivo, hay tarjetas y sino cheques... Lo que nunca tiene es tiempo. Opsss



Sé de una que se preocupa más por ser esposa de (bueno!!!)...de su rostro maquillado y cuerpo bonito (dicen, no me consta), que de alimentar el alma o la inteligencia...Sí, ella es como Susanita, hasta donde sé...La vida se le va en que los maridos la mantengan, tener hijos y tener dinero para comprarse cosas.


Bueno, también podría pensar en el Miguelito y Felipe salvadoreño, pero se los presentaré otro día...Es que me estoy dando cuenta que esta vida da para escribir de personajes divertidos, tristes, de personajes patéticos, de cobardes, de locos y de sensatos...Osea un retrato de la vida pues.

"No es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que pasa es que los que estaban peor todavía no se habían dado cuenta" (MAFALDA)